[Tratamiento]
[Nombre] [Nombre2]:
Una de las consideraciones
que se pueden hacer
sobre la alegría de la Navidad, es que ella posee una gran nota de
solemnidad.
Se puede
decir que la Navidad es, por una parte, la fiesta de la humildad, pero
por otra
la fiesta de la solemnidad.
En efecto,
la
Encarnación trae a nuestro espíritu la noción de un Dios que asumió la
miseria
de la naturaleza humana, en la más íntima y profunda de las uniones que
existe
en la creación.
Si de la
parte de Dios es una manifestación de una condescendencia casi
incalculable,
recíprocamente los hombres reciben una promoción casi inexpresable.
Nuestra
naturaleza recibió una honra que jamás podríamos imaginar. Nuestra
dignidad
creció. Fuimos rehabilitados, ennoblecidos, glorificados.
Y por esto
existe algo discreto y familiarmente solemne en las fiestas de Navidad.
Los
hogares se engalanan como para los días más importantes, cada uno viste
sus
mejores trajes, la finura de todos se torna más requintada.
Comprendemos
a la luz del Pesebre, la gloria y la bienaventuranza de ser, por la
naturaleza
y por la gracia, hermanos de Jesucristo.
En esta
Navidad y a lo largo del Nuevo Año que comenzamos, pedimos al Niño Dios
y a la
Santísima Virgen, aquella que es por excelencia "Vida, Dulzura y
Esperanza
nuestra", que concedan abundantes gracias y bendiciones a todos
aquellos
que constituyen la vasta familia de almas de nuestros benefactores,
amigos y
simpatizantes, así como a todos sus seres queridos.
Luis
Montes Bezanilla Director de Acción Familia
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